Es la hora de los grandes riesgos, de las grandes osadías. Nos hallamos en el cruce
donde se han dado cita, y a donde han llegado en tropel vertiginoso todos los
riesgos. No se puede ya rezar, no se puede decir la verdad, no se le puede
cantar a la libertad sin que el puño de los verdugos estruje brazos, amordace
labios, quiebre plumas y hunda su espada hasta la empuñadura en el pensamiento
y las conciencias.
El que se atreve a cantar
a la verdad, tiene que ir a platicar con la sombra, a beber y apurar el cáliz
de la soledad a la mitad de la noche y encontrarse rodeados de picas
ensangrentadas, y por que esta es la hora de los grandes riesgos y de las
grandes osadías, es también la hora de la juventud, solamente de la juventud. Los viejos
del cuerpo y del alma no quieren, ni pueden tener puesto en esta
batalla. Ellos han perdido la osadía y no podrán tolerar ni la visión
lejana de los grillos y calabozos.
Pero la
juventud sí sabe, sí quiere, sí puede ir y estar en el cruce de los riesgos ásperos
de esta hora de sombras. ¡De pie – toda entera-, recia
juventud de mi Patria!